La Cuadridimensión de Dios y las viejas herejías
Durante estos días me he topado con una doctrina tan peculiar como inútil desde el punto de vista práctico. Resulta que ciertos movimientos que se autodenominan “apostólicos” están predicando que la revelación de la Trinidad es incompleta, afirmando que Dios opera en una “cuadridimensión”. Según esta postura, existirían cuatro dimensiones en la deidad: una dimensión base que consiste en el Dios Altísimo (Elyon), y otras tres dimensiones que se dividen en las “manifestaciones” del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Los iluminados con esta supuesta nueva revelación tuercen textos como el Salmo 91:1-2 para fragmentar a Dios en cuatro títulos o entidades separadas. Afirman que Dios creó desde la eternidad pasada una familia en los cielos compuesta por “Padre, Madre e Hijo”, y que a través de esta familia —a la usanza de los mitos del Olimpo— la deidad se ha manifestado cronológicamente por etapas sucesivas a lo largo de la historia bíblica: en el Antiguo Testamento se manifestó como Jehová, en los Evangelios como Jesús, y desde el libro de Hechos como el Espíritu Santo.
Un refrito de viejas herejías
Tras analizar esta postura, se hace evidente que la historia de la iglesia es cíclica: nos enfrentamos simplemente al reflote de viejas anomalías doctrinales que ya fueron expuestas, debatidas y condenadas en los primeros siglos. Aunque la “cuadridimensión” coquetea con varios errores teológicos, se nutre principalmente de dos:
1. Monarquianismo sabeliano (Modalismo)
Esta corriente, atribuida a Sabelio (siglo III), enseñaba que Dios es uno en sustancia pero se manifiesta en tres “modos” o aspectos diferentes según la época. Para Sabelio, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no eran personas distintas que coexisten eternamente, sino roles sucesivos que un Dios unipersonal adoptaba en el drama de la historia.
La “cuadridimensión” postula exactamente lo mismo al fragmentar la revelación en las eras de Jehová, Jesús y el Espíritu Santo. Este error niega la distinción real de las tres personas divinas, fusionándolas en meras etapas temporales. Cabe destacar que esta es la misma base teológica de los movimientos unicitarios modernos, con la única diferencia de que estos últimos aceptan que tales manifestaciones pueden ocurrir de forma simultánea y no solo sucesiva.
Refutación bíblica e histórica
La idea de un Dios que muta de rol cronológicamente carece por completo de sustento bíblico y contradice la fe histórica de la Iglesia universal. Si el modalismo fuera cierto, cuando Jesús oraba al Padre en pasajes como Juan 17, no estaría entablando una relación interpersonal, sino realizando un acto de ventriloquía o hablándose a sí mismo. Además, esta postura anula por completo el valor de la intercesión actual de Cristo como nuestro Mediador.
La ortodoxia cristiana afirma que las tres personas coexisten simultáneamente desde la eternidad. El ejemplo más claro de esta coexistencia simultánea ocurre en el bautismo de Jesús, donde las tres personas operan al mismo tiempo en el mismo evento:
“Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” (Mateo 3:16-17)
Asimismo, el prólogo del Evangelio de Juan destruye el esquema sabeliano:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” (Juan 1:1-2)
La expresión original en griego “era con Dios” (pros ton theon) indica una relación personal de frente a frente, una comunión eterna entre personas distintas antes de la creación del tiempo. Por esta razón, el Credo de Nicea (año 325 d.C.) sepultó el monarquianismo sabeliano al ratificar que el Padre y el Hijo son distintos en personalidad pero uno en esencia.
2. Arrianismo
Promovido por Arrio, un presbítero de Alejandría en el siglo IV, el arrianismo negaba la plena divinidad de Jesucristo, sosteniendo que el Hijo era la primera y más noble de las criaturas del Padre, pero un ser creado al fin y al cabo.
Al afirmar que el Dios Elyon “creó” una familia celestial en la eternidad pasada (incluyendo explícitamente al Hijo y a una supuesta “Madre”), la doctrina de la cuadridimensión cae de lleno en el arrianismo. Rebaja al Verbo a la categoría de criatura y niega su coeternidad. Hoy en día, este mismo error teológico es sostenido por grupos como los Testigos de Jehová, quienes ven a Jesús como un ser creado y no como Dios mismo.
Refutación bíblica e histórica
Despojar a Jesucristo de su deidad absoluta derriba por completo la estructura de la salvación (soteriología). Si el Hijo tuvo un principio o fue creado, su sacrificio carece del valor infinito necesario para reconciliar a la humanidad con un Dios infinito; una criatura no tiene la potestad divina de perdonar pecados ni de otorgar vida eterna.
Las Escrituras establecen que el Hijo no forma parte del orden creado, sino que es el Agente creador y Sustentador de todo lo que existe:
“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.” (Juan 1:3)
El apóstol Juan utiliza aquí el tiempo imperfecto en griego (ēn, “era”), que denota una existencia continua, sin interrupción ni principio. Si el Hijo fuera un ser creado, se enfrentaría a la contradicción lógica e imposible de haber tenido que crearse a sí mismo, ya que nada de lo creado se hizo sin Él.
El apóstol Pablo reafirma esta verdad en su epístola a los Colosenses:
“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles… todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.” (Colosenses 1:16-17)
Atribuir la creación y la sustentación del cosmos a Cristo es la declaración más directa de su deidad primordial. Con el fin de erradicar estas tesis arrianas, los padres de la iglesia plasmaron en el Credo de Nicea que Jesucristo es: “engendrado, no creado, consustancial (homoousios) al Padre”.
Conclusiones
Al analizar fenómenos como la “Cuadridimensión de Dios”, se hace evidente que las desviaciones doctrinales rara vez se presentan negando la fe de forma abierta; suelen introducirse sutilmente bajo el disfraz de “misterios profundos” o “revelaciones frescas” que apelan al orgullo intelectual, pero que terminan fabricando caricaturas absurdas de la deidad.
Cuando se corrompe la doctrina de Dios, inevitablemente se corrompe todo lo demás. El estudio de la historia de la iglesia y el desarrollo de sus dogmas nos evita la penosa necesidad de tener que “inventar la rueda”. Gracias al legado teológico de nuestros predecesores, poseemos las herramientas necesarias para evaluar y neutralizar las falacias contemporáneas, que no son más que disfraces nuevos para viejos errores.
La sana doctrina no es un ejercicio de rigidez intelectual; es el blindaje que protege al creyente de ser “llevado por doquiera de todo viento de doctrina” (Efesios 4:14) y de caer en la manipulación espiritual. El apóstol Pablo exhortó a Timoteo a “retener la forma de las sanas palabras” (2 Timoteo 1:13). Ejercer el discernimiento bíblico y defender la fe histórica es, en última instancia, un acto de obediencia, madurez y amor profundo hacia la Iglesia del Señor.
Bibliografía
Berkhof, Louis. Historia de las Doctrinas Cristianas, 1995, p. 103, 110-111.
