Cuando leemos, interpretamos. Si estás leyendo estas líneas, estás interpretando lo que trato de expresar. Lo mismo ocurre con la Biblia. Cada vez que abrimos las Escrituras y leemos un pasaje, estamos en el proceso de entender lo que el autor bíblico nos está transmitiendo, y esto es justamente interpretar, y – para bien o para mal – todos lo hacemos. Por lo tanto, el tema no es si acaso interpretamos la Biblia, sino cómo lo hacemos.
De la interpretación de cada lector pueden aparecer varias interpretaciones que llevan a resultados muy distintos. Es aquí donde empiezan los problemas, porque al interpretar la Biblia han surgido tantas buenas enseñanzas como malas, y otras derechamente son herejías. Es aquí donde entra en juego la hermenéutica bíblica, que nos otorga herramientas para una correcta interpretación.
Ya que todos interpretamos, la hermenéutica no es una tarea exclusiva de eruditos encerrados en bibliotecas. Si eres predicador, pastor o líder, esta disciplina es una obligación. Si no has tenido la posibilidad de pasar por un Instituto o Seminario Bíblico, te recomiendo mucho este libro que en lo personal me ha ayudado bastante: “Hermenéutica: Interpretación eficaz hoy”, escrito por Rob Haskell.
Premisa central
La premisa de Rob Haskell consiste en que la hermenéutica debe ser eficaz, y para ser eficaz, debe ser comprensible y aplicable. El autor acaba con el mito de que las reglas de interpretación son un conjunto de instrucciones teológicas complicadas reservadas para eruditos, presentándolas en su lugar como un puente que nos permite viajar desde la época donde fue escrito el texto original hasta la realidad del oyente contemporáneo. Veamos algunos puntos destacables en esta obra:
Pedagogía
Lo más destacable de Haskell en esta obra es su capacidad de síntesis y claridad. Conceptos que en manuales clásicos e introducciones técnicas pueden resultar densos o demasiado abstractos, aquí se explican con una fluidez que permite una rápida comprensión. El autor demuestra que la profundidad teológica no tiene por qué estar reñida con la claridad.
Enfoque Práctico y Muchos Ejemplos
A diferencia de otros escritos teóricos, Haskell no se queda en la mera definición de las reglas (como el análisis gramatical, el contexto histórico o los géneros literarios); él te muestra cómo operan en la práctica. El libro está lleno de ejemplos muy simples, analogías de la vida cotidiana y ejercicios prácticos que le permiten al lector asimilar el “cómo se hace” de la interpretación bíblica de manera inmediata.
Ideal para la Iglesia Local
Por su estructura didáctica, es el recurso perfecto para escuelas de líderes, institutos bíblicos locales o talleres para predicadores. Rompe la barrera del idioma técnico y dota al predicador o maestro de escuela dominical de un marco de trabajo seguro para evitar la eiségesis (introducir ideas propias en el texto) y guiarnos hacia una exposición fiel.
¿Por qué deberías leerlo?
“Hermenéutica: Interpretación eficaz hoy” es un salvavidas en tiempos donde la ligereza doctrinal y las “revelaciones” místicas pretenden reemplazar el estudio serio de la Palabra. Es un libro que democratiza las herramientas de exégesis sin rebajar el valor de la verdad bíblica.
Si eres un estudiante de la Biblia, un líder de un grupo o un predicador que busca alimentar de forma saludable a la iglesia, esta obra de Rob Haskell debe estar en los estantes de tu biblioteca teológica.
Personalmente te lo recomiendo mucho, a mi me sirvió hace algunos años para estructurar clases de capacitación para los predicadores de mi iglesia, y también para escribir la serie de Hermenéutica en Maranata. Si buscas un mapa claro para navegar de forma fiel en el texto bíblico, de manera clara y comprensible, este libro es imprescindible.
Este libro puedes encontrarlo en las librerías cristianas de tu cuidad, o bien en Internet en distintos formatos, como por ejemplo acá en Amazon.
¿Sabes desde cuando los cristianos no bautizamos bebés? Si bien desde los inicios de la iglesia la regla era bautizar únicamente a aquellos que creían y confesaban su fe, siglos posteriores se empezó a bautizar recién nacidos para integrarlos a la fe de su familia. Entonces vino la Reforma Protestante, y un grupo alzó la voz en esta materia, entre otras ideas revolucionarias y adelantadas para su época. A este grupo se les conoció como los Anabaptistas.
Los anabaptistas (o anabautistas) fueron miembros de un movimiento radical de la Reforma Protestante del siglo XVI. Rechazaban el bautismo infantil, practicando en su lugar el bautismo de adultos conscientes, y abogaban por un pacifismo estricto y la separación total entre la iglesia y el estado.
En el contexto de la Reforma Protestante del siglo XVI, el movimiento anabaptista representó lo que se conoce históricamente como la “Reforma Radical”, en contraposición con la “Reforma Magisterial” que impulsaron Martín Lutero (1483-1546), Ulrico Zuinglio (1484-1531) y Juan Calvino (1509-1564).
El anabaptismo es considerado una tercera rama de la Reforma, ya que no se unió ni con luteranos ni calvinistas.
En aquella época Lutero y Zuinglio buscaron reformar la Iglesia desde dentro apoyándose en el poder del Estado, lo que implicaba que la conversión era a menudo por imposición y los ciudadanos debían adoptar la religión de sus gobernantes. Los anabaptistas consideraron que estas reformas no iban lo suficientemente lejos. Su objetivo principal no era simplemente reformar el sistema imperante, sino restaurar el modelo de la Iglesia Primitiva libre de toda alianza con el poder civil.
El bautismo infantil era la práctica aceptada tanto por católicos romanos como los reformadores. De este modo, los niños recibían el bautismo para heredar la fe de sus padres y de sus gobernantes, asegurando de algún modo la unidad política de los estados con sus ciudadanos a través de la religión.
2. Orígenes del Movimiento
Los inicios del movimiento se pueden situar en Zúrich, Suiza, en el año 1525. Jóvenes como Conrad Grebel y Félix Manz, que inicialmente eran discípulos del reformador Zuinglio, rompieron relaciones con él al darse cuenta de que no estaba dispuesto a abolir el bautismo infantil.
El acto fundacional del movimiento ocurrió el 21 de enero de 1525, cuando Jorge Blaurock le pidió a Conrad Grebel que lo bautizara tras confesar conscientemente su fe. A raíz de su insistencia en bautizar adultos, sus detractores los etiquetaron con el nombre de “anabaptistas”, que significa “rebautizadores”.
3. Los cuatro pilares del Anabaptismo
El pensamiento anabaptista resultó subversivo y peligroso para el orden social de los gobiernos de la época, fundamentándose en cuatro pilares principales:
El Credobautismo (Bautismo de creyentes): Rechazaron de plano el bautismo infantil, argumentando que el bautismo y la conversión debían nacer estrictamente de la libre voluntad del individuo y no como una imposición de la iglesia o del Estado.
La Iglesia Voluntaria: Propusieron que la Iglesia es una comunidad formada por convicción personal, en oposición a la herencia de fe automática que se daba por tradición familiar o mandato estatal.
Separación de Iglesia y Estado: Afirmaron rotundamente que el Estado no puede legislar sobre la fe, motivo por el cual rechazaron cualquier forma de coacción religiosa por parte del poder civil, así como el prestar juramentos cívicos.
Pacifismo Radical y No resistencia: Con un fuerte fundamento en las enseñanzas de Jesucristo en el Sermón del Monte, mostraron un rechazo absoluto a la violencia. No portaban armas, no participaban en guerras ni ejercían violencia, incluso si se trataba de defensa propia.
4. Persecución
El Espejo de los Mártires, Thieleman J. van Braght, 1660
Algunas ideas del movimiento supusieron un gran problema para los gobiernos ya que sus miembros se negaban a ir a la guerra (en pleno periodo de guerras contra musulmanes, sobre todo por la amenaza de invasión por parte de los turcos), los anabaptistas fueron brutalmente perseguidos y ejecutados tanto por católicos como por protestantes, siendo expulsados sistemáticamente de Suiza, los Países Bajos, Moravia, Polonia y Prusia.
Se aplicó con frecuencia la pena de muerte por ahogamiento, a lo que sus verdugos se referían burlescamente como “el tercer bautismo”. Las memorias y los sufrimientos de este periodo quedaron recogidos en el histórico libro “El Espejo de los Mártires” de Thieleman J. van Braght, publicado en 1660.
Los mártires anabaptistas se contaron por miles, Justo L. González dice: “El número de mártires fue enorme, probablemente mayor que el de todos los que murieron durante los tres primeros siglos de la historia de la iglesia”.
“El número de mártires fue enorme, probablemente mayor que el de todos los que murieron durante los tres primeros siglos de la historia de la iglesia” – Justo L. González, Historia del Cristianismo
5. La Rebelión de Münster (1534–1535)
La primera generación anabautista que era pacifista pereció en la persecución. Los que les siguieron se volvieron más radicales y violentos.
Es acá cuando surge la figura de Melchior Hoffman, un predicador que comenzó a enseñar que Cristo regresaría pronto para destruir a los impíos y establecer la “Nueva Jerusalén” en la ciudad de Estrasburgo. También predijo que sería encarcelado, lo cual se hizo efectivo. En este momento el anabaptismo abandona el pacifismo y Hoffman anima a sus adeptos a tomar las armas contra los hijos de las tinieblas.
Luego se dijo que la Nueva Jerusalén no vendría sobre Estrasburgo, sino en Muster. Así, la atención escatológica se trasladó de Estrasburgo a la ciudad alemana de Münster, la cual declararon como la nueva “Nueva Jerusalén”, de la mano de Juan Mattyns.
Jaulas de hierro colgadas de la torre de la iglesia de San Lamberto, Müster, Alemania.
Impulsados por esta convicción extremista, anabautistas radicales se apoderaron de Münster en 1534, y se instauró una teocracia absolutista. Tras la muerte de Matthys en una escaramuza, el control total recayó en Juan de Leiden, quien se proclamó «Rey de la Nueva Jerusalén». En un estado de delirio religioso y bajo asedio, Leiden expulsó a los católicos y protestantes moderados de la ciudad, obligó al rebautismo bajo pena de muerte, instituyó la poligamia (justificándola con el modelo de los patriarcas del Antiguo Testamento) y gobernó mediante el terror y la ejecución de disidentes.
Finalmente, la ciudad fue sitiada y reconquistada en 1535 por una coalición militar liderada por el obispo católico expulsado. Los líderes radicales, incluido Juan de Leiden, fueron capturados, brutalmente torturados y ejecutados públicamente. Sus cadáveres fueron exhibidos en jaulas de hierro colgadas de la torre de la iglesia de San Lamberto como advertencia. Dichas jaulas aún se pueden ver hoy en día en Muster.
Este sangriento episodio manchó gravemente la imagen del movimiento anabautista ante toda Europa, haciendo que durante siglos se les asociara injustamente con la anarquía, la sedición y la locura fanática, a pesar de que la inmensa mayoría de los anabautistas repudiaban estas acciones.
6. El Legado de Menno Simons
Tras la crisis de Münster, los anabaptistas fueron expulsados de ciudad en ciudad, cruzaron toda Europa — desde Suiza y los Países Bajos hasta Moravia, Polonia y Prusia — antes de cruzar el Atlántico hacia América del Norte, llevando consigo su fe intacta.
El movimiento logró estabilizarse gracias a la figura de Menno Simons (1496–1561), un ex-sacerdote católico que reunió y reorganizó a los sobrevivientes, regresando el movimiento a su naturaleza radicalmente pacifista.
Sus seguidores tomaron el nombre de menonitas. Del mismo tronco surgieron los amish (s. XVII) y los hutteritas, comunidades que perduran hasta hoy en América del Norte.
7. Conclusión
El anabautismo no fue solo un episodio del siglo XVI: dejó principios y tensiones que siguen interrogando a la Iglesia, al Estado y a la vida cristiana contemporánea.
Dejó principios profundos que moldearon la concepción moderna de la fe. Sus pioneras convicciones teológicas sobre el bautismo de creyentes, la libertad religiosa y la separación entre la Iglesia y el Estado influyeron de forma decisiva en la formación del movimiento Bautista a partir del siglo XVII.
Su visión de una iglesia formada por convicción personal —y no por tradición familiar o imposición estatal— influyó profundamente en muchas iglesias evangélicas modernas.
Su compromiso con el pacifismo radical y la no resistencia, arraigado en el Sermón del Monte, sigue siendo un desafío permanente a la complicidad cristiana con la violencia y el militarismo.
Hoy en día agradecemos a Dios por las ideas anabaptistas que remecieron las conciencias, dejándonos ideas y reflexiones profundas acerca de formar una iglesia basada en arrepentimiento y conversión, un bautismo como señal de ello, un Estado laico (libre de imposición religiosa y una iglesia libre de intereses políticos), y una convicción que superó la más fiera persecución. Los principios anabaptistas son ampliamente aceptados y celebrados por la inmensa mayoría del cristianismo evangélico contemporáneo y las democracias modernas.
Bibliografía
González, Justo L. (1994).Historia del cristianismo (Tomo 2). Miami: Editorial Unilit.
Durante estos días me he topado con una doctrina tan peculiar como inútil desde el punto de vista práctico. Resulta que ciertos movimientos que se autodenominan “apostólicos” están predicando que la revelación de la Trinidad es incompleta, afirmando que Dios opera en una “cuadridimensión”. Según esta postura, existirían cuatro dimensiones en la deidad: una dimensión base que consiste en el Dios Altísimo (Elyon), y otras tres dimensiones que se dividen en las “manifestaciones” del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Los iluminados con esta supuesta nueva revelación tuercen textos como el Salmo 91:1-2 para fragmentar a Dios en cuatro títulos o entidades separadas. Afirman que Dios creó desde la eternidad pasada una familia en los cielos compuesta por “Padre, Madre e Hijo”, y que a través de esta familia —a la usanza de los mitos del Olimpo— la deidad se ha manifestado cronológicamente por etapas sucesivas a lo largo de la historia bíblica: en el Antiguo Testamento se manifestó como Jehová, en los Evangelios como Jesús, y desde el libro de Hechos como el Espíritu Santo.
Un refrito de viejas herejías
Tras analizar esta postura, se hace evidente que la historia de la iglesia es cíclica: nos enfrentamos simplemente al reflote de viejas anomalías doctrinales que ya fueron expuestas, debatidas y condenadas en los primeros siglos. Aunque la “cuadridimensión” coquetea con varios errores teológicos, se nutre principalmente de dos:
1. Monarquianismo sabeliano (Modalismo)
Esta corriente, atribuida a Sabelio (siglo III), enseñaba que Dios es uno en sustancia pero se manifiesta en tres “modos” o aspectos diferentes según la época. Para Sabelio, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no eran personas distintas que coexisten eternamente, sino roles sucesivos que un Dios unipersonal adoptaba en el drama de la historia.
La “cuadridimensión” postula exactamente lo mismo al fragmentar la revelación en las eras de Jehová, Jesús y el Espíritu Santo. Este error niega la distinción real de las tres personas divinas, fusionándolas en meras etapas temporales. Cabe destacar que esta es la misma base teológica de los movimientos unicitarios modernos, con la única diferencia de que estos últimos aceptan que tales manifestaciones pueden ocurrir de forma simultánea y no solo sucesiva.
Refutación bíblica e histórica
La idea de un Dios que muta de rol cronológicamente carece por completo de sustento bíblico y contradice la fe histórica de la Iglesia universal. Si el modalismo fuera cierto, cuando Jesús oraba al Padre en pasajes como Juan 17, no estaría entablando una relación interpersonal, sino realizando un acto de ventriloquía o hablándose a sí mismo. Además, esta postura anula por completo el valor de la intercesión actual de Cristo como nuestro Mediador.
La ortodoxia cristiana afirma que las tres personas coexisten simultáneamente desde la eternidad. El ejemplo más claro de esta coexistencia simultánea ocurre en el bautismo de Jesús, donde las tres personas operan al mismo tiempo en el mismo evento:
“Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” (Mateo 3:16-17)
Asimismo, el prólogo del Evangelio de Juan destruye el esquema sabeliano:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” (Juan 1:1-2)
La expresión original en griego “era con Dios” (pros ton theon) indica una relación personal de frente a frente, una comunión eterna entre personas distintas antes de la creación del tiempo. Por esta razón, el Credo de Nicea (año 325 d.C.) sepultó el monarquianismo sabeliano al ratificar que el Padre y el Hijo son distintos en personalidad pero uno en esencia.
2. Arrianismo
Promovido por Arrio, un presbítero de Alejandría en el siglo IV, el arrianismo negaba la plena divinidad de Jesucristo, sosteniendo que el Hijo era la primera y más noble de las criaturas del Padre, pero un ser creado al fin y al cabo.
Al afirmar que el Dios Elyon “creó” una familia celestial en la eternidad pasada (incluyendo explícitamente al Hijo y a una supuesta “Madre”), la doctrina de la cuadridimensión cae de lleno en el arrianismo. Rebaja al Verbo a la categoría de criatura y niega su coeternidad. Hoy en día, este mismo error teológico es sostenido por grupos como los Testigos de Jehová, quienes ven a Jesús como un ser creado y no como Dios mismo.
Refutación bíblica e histórica
Despojar a Jesucristo de su deidad absoluta derriba por completo la estructura de la salvación (soteriología). Si el Hijo tuvo un principio o fue creado, su sacrificio carece del valor infinito necesario para reconciliar a la humanidad con un Dios infinito; una criatura no tiene la potestad divina de perdonar pecados ni de otorgar vida eterna.
Las Escrituras establecen que el Hijo no forma parte del orden creado, sino que es el Agente creador y Sustentador de todo lo que existe:
“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.” (Juan 1:3)
El apóstol Juan utiliza aquí el tiempo imperfecto en griego (ēn, “era”), que denota una existencia continua, sin interrupción ni principio. Si el Hijo fuera un ser creado, se enfrentaría a la contradicción lógica e imposible de haber tenido que crearse a sí mismo, ya que nada de lo creado se hizo sin Él.
El apóstol Pablo reafirma esta verdad en su epístola a los Colosenses:
“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles… todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.” (Colosenses 1:16-17)
Atribuir la creación y la sustentación del cosmos a Cristo es la declaración más directa de su deidad primordial. Con el fin de erradicar estas tesis arrianas, los padres de la iglesia plasmaron en el Credo de Nicea que Jesucristo es: “engendrado, no creado, consustancial (homoousios) al Padre”.
Conclusiones
Al analizar fenómenos como la “Cuadridimensión de Dios”, se hace evidente que las desviaciones doctrinales rara vez se presentan negando la fe de forma abierta; suelen introducirse sutilmente bajo el disfraz de “misterios profundos” o “revelaciones frescas” que apelan al orgullo intelectual, pero que terminan fabricando caricaturas absurdas de la deidad.
Cuando se corrompe la doctrina de Dios, inevitablemente se corrompe todo lo demás. El estudio de la historia de la iglesia y el desarrollo de sus dogmas nos evita la penosa necesidad de tener que “inventar la rueda”. Gracias al legado teológico de nuestros predecesores, poseemos las herramientas necesarias para evaluar y neutralizar las falacias contemporáneas, que no son más que disfraces nuevos para viejos errores.
La sana doctrina no es un ejercicio de rigidez intelectual; es el blindaje que protege al creyente de ser “llevado por doquiera de todo viento de doctrina” (Efesios 4:14) y de caer en la manipulación espiritual. El apóstol Pablo exhortó a Timoteo a “retener la forma de las sanas palabras” (2 Timoteo 1:13). Ejercer el discernimiento bíblico y defender la fe histórica es, en última instancia, un acto de obediencia, madurez y amor profundo hacia la Iglesia del Señor.
Bibliografía
Berkhof, Louis. Historia de las Doctrinas Cristianas, 1995, p. 103, 110-111.