Los Anabaptistas: La Reforma Radical y el Bautismo
¿Sabes desde cuando los cristianos no bautizamos bebés? Si bien desde los inicios de la iglesia la regla era bautizar únicamente a aquellos que creían y confesaban su fe, siglos posteriores se empezó a bautizar recién nacidos para integrarlos a la fe de su familia. Entonces vino la Reforma Protestante, y un grupo alzó la voz en esta materia, entre otras ideas revolucionarias y adelantadas para su época. A este grupo se les conoció como los Anabaptistas.
Los anabaptistas (o anabautistas) fueron miembros de un movimiento radical de la Reforma Protestante del siglo XVI. Rechazaban el bautismo infantil, practicando en su lugar el bautismo de adultos conscientes, y abogaban por un pacifismo estricto y la separación total entre la iglesia y el estado.
En el contexto de la Reforma Protestante del siglo XVI, el movimiento anabaptista representó lo que se conoce históricamente como la “Reforma Radical”, en contraposición con la “Reforma Magisterial” que impulsaron Martín Lutero (1483-1546), Ulrico Zuinglio (1484-1531) y Juan Calvino (1509-1564).
El anabaptismo es considerado una tercera rama de la Reforma, ya que no se unió ni con luteranos ni calvinistas.
En aquella época Lutero y Zuinglio buscaron reformar la Iglesia desde dentro apoyándose en el poder del Estado, lo que implicaba que la conversión era a menudo por imposición y los ciudadanos debían adoptar la religión de sus gobernantes. Los anabaptistas consideraron que estas reformas no iban lo suficientemente lejos. Su objetivo principal no era simplemente reformar el sistema imperante, sino restaurar el modelo de la Iglesia Primitiva libre de toda alianza con el poder civil.
El bautismo infantil era la práctica aceptada tanto por católicos romanos como los reformadores. De este modo, los niños recibían el bautismo para heredar la fe de sus padres y de sus gobernantes, asegurando de algún modo la unidad política de los estados con sus ciudadanos a través de la religión.
2. Orígenes del Movimiento
Los inicios del movimiento se pueden situar en Zúrich, Suiza, en el año 1525. Jóvenes como Conrad Grebel y Félix Manz, que inicialmente eran discípulos del reformador Zuinglio, rompieron relaciones con él al darse cuenta de que no estaba dispuesto a abolir el bautismo infantil.
El acto fundacional del movimiento ocurrió el 21 de enero de 1525, cuando Jorge Blaurock le pidió a Conrad Grebel que lo bautizara tras confesar conscientemente su fe. A raíz de su insistencia en bautizar adultos, sus detractores los etiquetaron con el nombre de “anabaptistas”, que significa “rebautizadores”.
3. Los cuatro pilares del Anabaptismo
El pensamiento anabaptista resultó subversivo y peligroso para el orden social de los gobiernos de la época, fundamentándose en cuatro pilares principales:
- El Credobautismo (Bautismo de creyentes): Rechazaron de plano el bautismo infantil, argumentando que el bautismo y la conversión debían nacer estrictamente de la libre voluntad del individuo y no como una imposición de la iglesia o del Estado.
- La Iglesia Voluntaria: Propusieron que la Iglesia es una comunidad formada por convicción personal, en oposición a la herencia de fe automática que se daba por tradición familiar o mandato estatal.
- Separación de Iglesia y Estado: Afirmaron rotundamente que el Estado no puede legislar sobre la fe, motivo por el cual rechazaron cualquier forma de coacción religiosa por parte del poder civil, así como el prestar juramentos cívicos.
- Pacifismo Radical y No resistencia: Con un fuerte fundamento en las enseñanzas de Jesucristo en el Sermón del Monte, mostraron un rechazo absoluto a la violencia. No portaban armas, no participaban en guerras ni ejercían violencia, incluso si se trataba de defensa propia.
4. Persecución

Algunas ideas del movimiento supusieron un gran problema para los gobiernos ya que sus miembros se negaban a ir a la guerra (en pleno periodo de guerras contra musulmanes, sobre todo por la amenaza de invasión por parte de los turcos), los anabaptistas fueron brutalmente perseguidos y ejecutados tanto por católicos como por protestantes, siendo expulsados sistemáticamente de Suiza, los Países Bajos, Moravia, Polonia y Prusia.
Se aplicó con frecuencia la pena de muerte por ahogamiento, a lo que sus verdugos se referían burlescamente como “el tercer bautismo”. Las memorias y los sufrimientos de este periodo quedaron recogidos en el histórico libro “El Espejo de los Mártires” de Thieleman J. van Braght, publicado en 1660.
Los mártires anabaptistas se contaron por miles, Justo L. González dice: “El número de mártires fue enorme, probablemente mayor que el de todos los que murieron durante los tres primeros siglos de la historia de la iglesia”.
“El número de mártires fue enorme, probablemente mayor que el de todos los que murieron durante los tres primeros siglos de la historia de la iglesia” – Justo L. González, Historia del Cristianismo
5. La Rebelión de Münster (1534–1535)
La primera generación anabautista que era pacifista pereció en la persecución. Los que les siguieron se volvieron más radicales y violentos.
Es acá cuando surge la figura de Melchior Hoffman, un predicador que comenzó a enseñar que Cristo regresaría pronto para destruir a los impíos y establecer la “Nueva Jerusalén” en la ciudad de Estrasburgo. También predijo que sería encarcelado, lo cual se hizo efectivo. En este momento el anabaptismo abandona el pacifismo y Hoffman anima a sus adeptos a tomar las armas contra los hijos de las tinieblas.
Luego se dijo que la Nueva Jerusalén no vendría sobre Estrasburgo, sino en Muster. Así, la atención escatológica se trasladó de Estrasburgo a la ciudad alemana de Münster, la cual declararon como la nueva “Nueva Jerusalén”, de la mano de Juan Mattyns.

Impulsados por esta convicción extremista, anabautistas radicales se apoderaron de Münster en 1534, y se instauró una teocracia absolutista. Tras la muerte de Matthys en una escaramuza, el control total recayó en Juan de Leiden, quien se proclamó «Rey de la Nueva Jerusalén». En un estado de delirio religioso y bajo asedio, Leiden expulsó a los católicos y protestantes moderados de la ciudad, obligó al rebautismo bajo pena de muerte, instituyó la poligamia (justificándola con el modelo de los patriarcas del Antiguo Testamento) y gobernó mediante el terror y la ejecución de disidentes.
Finalmente, la ciudad fue sitiada y reconquistada en 1535 por una coalición militar liderada por el obispo católico expulsado. Los líderes radicales, incluido Juan de Leiden, fueron capturados, brutalmente torturados y ejecutados públicamente. Sus cadáveres fueron exhibidos en jaulas de hierro colgadas de la torre de la iglesia de San Lamberto como advertencia. Dichas jaulas aún se pueden ver hoy en día en Muster.
Este sangriento episodio manchó gravemente la imagen del movimiento anabautista ante toda Europa, haciendo que durante siglos se les asociara injustamente con la anarquía, la sedición y la locura fanática, a pesar de que la inmensa mayoría de los anabautistas repudiaban estas acciones.
6. El Legado de Menno Simons
Tras la crisis de Münster, los anabaptistas fueron expulsados de ciudad en ciudad, cruzaron toda Europa — desde Suiza y los Países Bajos hasta Moravia, Polonia y Prusia — antes de cruzar el Atlántico hacia América del Norte, llevando consigo su fe intacta.

El movimiento logró estabilizarse gracias a la figura de Menno Simons (1496–1561), un ex-sacerdote católico que reunió y reorganizó a los sobrevivientes, regresando el movimiento a su naturaleza radicalmente pacifista.
Sus seguidores tomaron el nombre de menonitas. Del mismo tronco surgieron los amish (s. XVII) y los hutteritas, comunidades que perduran hasta hoy en América del Norte.
7. Conclusión
El anabautismo no fue solo un episodio del siglo XVI: dejó principios y tensiones que siguen interrogando a la Iglesia, al Estado y a la vida cristiana contemporánea.
Dejó principios profundos que moldearon la concepción moderna de la fe. Sus pioneras convicciones teológicas sobre el bautismo de creyentes, la libertad religiosa y la separación entre la Iglesia y el Estado influyeron de forma decisiva en la formación del movimiento Bautista a partir del siglo XVII.
Su visión de una iglesia formada por convicción personal —y no por tradición familiar o imposición estatal— influyó profundamente en muchas iglesias evangélicas modernas.
Su compromiso con el pacifismo radical y la no resistencia, arraigado en el Sermón del Monte, sigue siendo un desafío permanente a la complicidad cristiana con la violencia y el militarismo.
Hoy en día agradecemos a Dios por las ideas anabaptistas que remecieron las conciencias, dejándonos ideas y reflexiones profundas acerca de formar una iglesia basada en arrepentimiento y conversión, un bautismo como señal de ello, un Estado laico (libre de imposición religiosa y una iglesia libre de intereses políticos), y una convicción que superó la más fiera persecución. Los principios anabaptistas son ampliamente aceptados y celebrados por la inmensa mayoría del cristianismo evangélico contemporáneo y las democracias modernas.
Bibliografía
González, Justo L. (1994).Historia del cristianismo (Tomo 2). Miami: Editorial Unilit.
